
domingo 4 de enero de 2009

"Carta Abierta se constituyó como un colectivo integrado por gentes provenientes de diversas tradiciones culturales y políticas unidas, todas ellas, por un mismo ideal emancipatorio, por un común rechazo a la ofensiva de los sectores destituyentes que venían a intentar clausurar una etapa inusualmente rica e intensa de la historia argentina."
En el comienzo del año 2009 la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta publica el siguiente texto del compañero Ricardo Forster a modo de síntesis explicativa de la visión que originó el espacio Carta Abierta, su mirada sobre la Argentina y su "travesía histórica". Recuperamos de este modo el señalamiento sobre el papel decisivo de las corporaciones mediáticas en la organización de un relato que es diseminado cotidianamente a través del lenguaje audiovisual generando una cultura hegemonizada por el discurso de la derecha. Mediante los giros discursivos mediáticos se "naturaliza" el pensamiento del neoliberalismo y se oculta gran parte de la trama de la realidad.
La Comisión de Medios Audiovisuales considera necesario y urgente la sanción de un nuevo instrumento legal que facilite al conjunto del pueblo el libre acceso a la comunicación y a la información.
Coordinación de la Comisión
Marcas, huellas y gestos de un año memorable
3Por Ricardo Forster
La Argentina ha sido y sigue siendo un país extraño; no sólo por sus promesas incumplidas –al menos en la mayor parte de su travesía histórica–, aquellas que soñaron un futuro de riquezas infinitas en una tierra pródiga, mientras lo que se fue cumpliendo fue precisamente lo contrario: la acumulación de la riqueza en cada vez menos manos mientras se multiplicaron la desigualdad y la pobreza. País insólito capaz de alimentar a centenares de millones de personas gracias a su clima estupendo y a sus recursos naturales invalorables, pero que deja en la indigencia y el hambre a varios millones de conciudadanos. País de intensos debates en el que nada acaba por resolverse, como si los espectros del pasado nunca pudieran descansar en paz, sus sombras persiguen la conciencia de los vivos recordándonos nuestras deudas impagas. País de contrastes, de enfrentamientos nunca saldados, de escrituras que recogen antiguas herencias para seguir pleiteando en el presente como si el ayer todavía pudiera exigir sus derechos, sus potestades ante una realidad que sigue en estado de indefinición. País de polémicas en el que se guarda, cada vez más pauperizada, la memoria de una época de equidades extraviada en las últimas décadas pero que sigue insistiendo en la experiencia de los más humildes como un testimonio de que la vida puede ser distinta porque efectivamente lo fue en el pasado.
Un país, entonces, de demandas insatisfechas que ponen en evidencia que la actualidad ha quedado por detrás de otro tiempo argentino. Un presente que nos recuerda que la intención, aunque sea escasa e insuficiente, por revertir la tendencia favorable a la apropiación de la renta por parte de los poderes económicos es y será furiosamente confrontada por esos mismos sectores una vez que dieron por concluida la “primavera” de los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner. Este ha sido el sino desde el comienzo mismo de la presidencia de Cristina Fernández, enfrentarse a la insaciabilidad de las corporaciones económicas.
Tal vez por eso, por la persistencia de diversas memorias (memorias de la igualdad, de la distribución más equitativa de la riqueza en los tiempos del primer peronismo; memoria de los dolores, de los muertos insepultos, de una justicia todavía injusta; memorias políticas que hunden sus raíces en el lejano siglo XIX y que se proyectaron durante los 200 años de historia independiente que ya estamos a punto de celebrar), nuestra sociedad sigue ofreciéndose como una anomalía, sigue expresando su excepcionalidad a la hora de encontrar un modo de definirla o de explicarla. Somos arduos y laberínticos, seguimos caminos cuyos puntos de llegada se vuelven a transformar en puntos de partida.
Siguiendo estas huellas que atraviesan las geografías de la política y de la memoria, de la economía y de la cultura, quizás podamos comprender mejor las vicisitudes de un año que se cierra; vicisitudes extraordinarias que han puesto en evidencia gran parte de lo no saldado por nuestra sociedad; como si los diversos acontecimientos que atravesaron el 2008 tuvieran la virtud, para quien intenta pensarlos más a fondo y sin complacencias, de permitirnos desentrañar algo de nuestra excepcionalidad. Son excepcionales los acontecimientos que ofrecen, como si se tratase de un espejo invertido, la posibilidad no sólo de comprender la trama del presente sino, a su vez y de un modo deslumbrante, las significaciones de ciertas encrucijadas del pasado. Digo esto porque en el 2008 hemos visto de qué modo el conflicto desatado por la defensa a ultranza de la renta agropecuaria de parte de las organizaciones del campo generó un debate que volvió a apropiarse de palabras y conceptos en desuso al mismo tiempo que puso en evidencia el papel decisivo de las corporaciones mediáticas ya no sólo como empresas de la información y el entretenimiento sino como verdaderos actores de la puja político-económica en el interior de una época profundamente rediseñada por los lenguajes comunicacionales.
En la Argentina se volvió a discutir la olvidada cuestión de la renta y de su distribución; se polemizó sobre el rol del Estado, reiluminando la significación calamitosa de la era neoliberal desplegada entre nosotros por el menemato de los noventa; incluso se llegó a revisar el concepto mismo de riqueza entramada con el rol del ciudadano-consumidor; a eso se le agregó la persistencia de algunos giros discursivos que hicieron relevante la discusión en torno al prejuicio social y el racismo; se volvió a hablar de clases sociales incluso antes de imaginar la tremenda crisis que estaba por sacudir hasta sus cimientos el orden económico mundial. Pocas son las cosas que han permanecido fuera de la agenda de estos últimos meses en los que el terrorismo retórico de ciertos economistas del establishment tuvo que replegarse ante el derrumbe de casi todos sus supuestos ideológicos junto con la bancarrota de un modelo de capitalismo especulativo-financiero que determinó, durante más de dos décadas, el destino del planeta (en especial de los países periféricos convirtiendo a América Latina en un continente abrumado por el daño social infringido por las políticas emanadas del consenso de Washington). Pero lo que todavía no se ha derrumbado es la persistencia de un modelo cultural que logró transformar profundamente los imaginarios colectivos penetrando hasta los rincones más oscuros de la vida privada. Las conciencias fueron atravesadas por un núcleo simbólico-cultural que asoció los intereses del mercado y del neoliberalismo a las formas “naturales” de la existencia, casi convirtiéndolos en un equivalente a la lluvia o a cualquier otro fenómeno natural generando una esencial deshistorización de las actividades humanas haciendo del mercado y de sus ideologemas el eje de lo verdadero y absoluto.
Sería demasiado largo hacer una enumeración de los cambios operados en la conciencia individual y pública, pero sí es clave comprender que la dinámica inaugurada con la revolución neoconservadora en los años ’80 tuvo como eje principal esa captura de las conciencias; una captura motorizada alrededor de un reconocimiento central: la importancia decisiva de los lenguajes culturales a la hora de redefinir enteramente el orden político-económico. Y en esa decisión del sistema el papel de los medios de comunicación fue absolutamente relevante. Tal vez por eso la máxima dificultad a la hora de diseñar otro modelo de país y de sociedad, un modelo capaz de abandonar la lógica univalente del mercado y de regresar sobre el interés colectivo volviendo a hacer visibles a los invisibles de la historia, sea la potencialidad inédita de la máquina mediático-política para insistir en los lenguajes neoliberales como núcleos insustituibles de la vida cotidiana.
El año que se cierra fue pródigo en enseñanzas, nos permitió auscultar el fondo, muchas veces oscuro, de nuestra sociedad, de los valores hegemónicos que la rigieron desde la dictadura en adelante con escasas líneas de fuga; abrieron la posibilidad de comprender las persistencias, en lo más profundo de nuestras conciencias, de una lógica del prejuicio social y hasta racial; ofrecieron la oportunidad para reinstalar discusiones que parecían como saldadas pero que se vuelven fundamentales a la hora de proyectarnos hacia el Bicentenario. En fin, dejaron abiertos los surcos de un futuro capaz de reencontrarse con lo mejor del pasado (en especial con las experiencias de la equidad y de la distribución más justa de la renta nacional) pero también capaz de conducirnos hacia la repetición de lo mismo, es decir, de la desigualdad y de la intolerancia, de la continuidad, bajo otras formas y otras retóricas, de la lógica del mercado que arrasó con derechos y seguridades proyectando un modelo de sociedad articulada alrededor de la figura del ciudadano-consumidor, de aquel al que sólo le importa su bolsillo. Ojalá que el año que está por abrirse nos permita recuperar el hilo de la memoria en el interior de otros desafíos y de nuevas necesidades.
Algo de este espíritu se desplegó en la aventura iniciada por el colectivo Carta Abierta que vino a colocar una palabra diferente en la escena política argentina; una palabra que intentó desmarcarse de los lugares comunes y que buscó poner en cuestión el discurso hegemónico y homogéneo de los medios de comunicación, verdadera maquinaria puesta al servicio de los intereses de los dueños de la tierra y a la naturalización de los valores neoliberales. Carta Abierta fueron sus escrituras y sus asambleas, su decidido apoyo a un gobierno democráticamente elegido y a su intento de redistribuir la fabulosa renta agropecuaria. Pero CA fue también un colectivo cultural-político en el que se afirmó una voluntad de autonomía y de espíritu crítico que no dudó en señalar ciertos gestos espasmódicos y contradictorios del gobierno. Carta Abierta se constituyó como un colectivo integrado por gentes provenientes de diversas tradiciones culturales y políticas unidas, todas ellas, por un mismo ideal emancipatorio, por un común rechazo a la ofensiva de los sectores destituyentes que venían a intentar clausurar una etapa inusualmente rica e intensa de la historia argentina.
Así dejó algunas marcas y colocó algunas palabras entramadas en sus escrituras, palabras e ideas que le dieron otra fisonomía al debate político. Lejos del consignismo y de las frases altisonantes se prefirió horadar el sentido común poniendo en debate la constitución de una Nueva Derecha que, entre otras cosas, intentaba apropiarse de algunos símbolos y tradiciones que se guardaban en la memoria popular pero puestos al servicio de sus propios intereses. Carta Abierta comprendió, y eso más allá de las dificultades que se abren, el sesgo esencialmente cultural de la batalla política; de la necesidad de quebrar el discurso de esa derecha que se despliega a través de los dispositivos mediáticos y que hace carne en el sentido común.
Quizás el momento más extraño y elocuente del itinerario seguido a lo largo de estos meses por Carta Abierta haya sido su última asamblea del año, con brindis incluido, a la que llegó sin aviso previo y de modo totalmente espontáneo el ex presidente Néstor Kirchner acompañado por el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli. Toda forma de protocolo fue dejada a un lado generando una inédita posibilidad de discusión franca y abierta entre los asistentes a la asamblea y uno de los hombres clave de este tiempo nacional. Mientras Kirchner esperaba su turno para intervenir en la asamblea y Oscar Parrilli se acomodaba como podía entre los asistentes, siguió con su intervención más que lúcida e interesante Diego Tatián, miembro de CA Córdoba. La escena era inusual y extraordinaria; algo de la lógica del poder, de sus formas y protocolos, se había quebrado mientras se iniciaba un diálogo fraterno entre el ex presidente y los asambleístas; algo desencajado de las prácticas políticas habituales en nuestro país y que venía a ofrecer un genuino acto de democracia efectiva, sin mediaciones; de una democracia construida entre palabras, escrituras y cuerpos que discutían sobre el país, sobre el pasado y el presente, que debatían los caminos a seguir. Fue un momento para atesorar, una rareza rayana en lo insólito que no dejó de instalarse en las vicisitudes de un año memorable. Puedo intuir la risa cómplice de Nicolás Casullo, su mirada pícara y rea, imaginando lo que dirían los cultores de “la calidad institucional”, aquellos que no se cansan en destacar el gesto descuidado y plebeyo de un gobierno que les resulta intolerable, entre otras cosas por ser portador de actitudes como las que tuvo Néstor Kirchner el sábado 20. Lo descentrado y lo inusual para ir cerrando un año pleno de acontecimientos. Marcas, gestos y huellas que seguirán perturbando la siempre enigmática realidad argentina, esa que nos recuerda su anomalía y su extrañeza, a la par que nos sigue mostrando de qué modo en su interior continúa expresándose el litigio por la igualdad. Veremos qué lenguajes y qué palabras intentarán encontrar el sentido de las cosas en el año que está por iniciarse.
Doctor en Filosofía. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
Fuente: Pg.12
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miércoles 24 de diciembre de 2008
domingo 14 de diciembre de 2008
Ley de Radiodifusión

De la mano con la mala
historia y a contramano
historia y a contramano
con la buena información.
En todo este cuarto de siglo en un estado de democracia, con la vigencia plena de los poderes que la constituyen y en un estado republicano, los límites de nuestra capacidad de comprensión se agotan; o nos conducen a una interpretación vana y subjetiva. ¿De qué estoy hablando? De algo que nos auyenta de toda objetividad al tratar un tema que se reflota con fuerza en estos dìas, como es explicar que, la Ley de Radiodifusión ó de Comunicación de Medios Audiovisuales, como se la quiera llamar, y que nos asiste con vigencia en estos tiempos, procede nada menos que de la última dictadura.
Nos encontramos con que no podemos dar una respuesta concisa y rápida, aunque los motivos los podemos conocer, del porqué a 25 años de una democracia con sus bemoles y altibajos, ese escrito que hoy en día rige a la comunicación en la Argentina lleve la firma de personajes facciosos de nuestra reciente historia como Jorge R. Videla, Albano Harguindeguy y José A. Martínez de Hoz.
Esa Ley, la 22.285, que un 15 de septiembre de 1980 promulgó la última dictadura cívico-militar es un emblema de esos tiempos que hoy en día prevalece después de dos décadas y media; y que también ejerce el rol de la herramienta que fuerza a perpetuar el modelo de dominación económica y cultural que tuvo su disparador en el 76, se reforzó en los 90’ y que como si no hubiera pasado nada aún nos sujeta y fustiga en nuestros días.
Para sostener lo expresado, vemos el hecho de la búsqueda de continuidad del sistema que se dieron los poderes del stablishmen & Cia. que presionaron donde precisaron hacerlo ante dos leyes claves, como es la de Radiodifusión y la de Entidades Financieras.
Hagamos un poco de historia para acertar correctamente en la dimensión que pretendo darle a estas líneas. A poco tiempo de iniciado el gobierno de Carlos Saúl, se le hizo una modificación a esta Ley dictatorial, un cambio que ya había nacido en la intención en los últimos tiempos de Alfonsín pero que el riojano concretó. Esto es, en el Art.45 se le reemplazó el inciso (e); al efectuarse esta modificación se habilitó a las empresas editoriales-periodísticas a ser tranquilamente permisionarias de las radios y los canales de televisión. Pero éste no fue el único toqueteo, en el Art.46 también se modificaron dos incisos el (a) y el (c), los cuales indicaban que el “objeto exclusivo” de un licenciatario tenía que ser la radiodifusión y no debía haber mas de 20 individuos como integrantes de una sociedad de radiodifusión. Ahora bien ¿Porqué de la 22.285 se cambiaron únicamente parte de los citados artículos y sin tocar la Ley? Sencillamente, y la razón es obvia, se aceptaba la vigencia de la 22.285 pero presentaba obstáculos a la fluidez del sistema desde el ángulo mediático. Esto es, a poco de la reforma se dejó ver claramente que hubo un creciente y acelerado proceso de la concentración empresarial en los medios, con la fiel intención que era constituir un factor de poder y que a ojos vista no es ni más ni menos con lo que en estos momentos nos encontramos.
Luego tenemos que, como factor de poder, los medios comenzaron a reforzar el discurso único que movilizaron hacia donde les convienía que el viento soplara; cuidando de darse políticas que fueran de acompañamiento y jugando con las sensibilidades de interpretación de las clases sociales, fundamentalmente sobre nuestra maleable clase media; generando con la información factores en el colectivo poblacional que les fuera funcionales a los intereses perseguidos y como formadores de opinión se apeló a los efectos al manipuleo mediático. De esta manera, vemos cómo la concentración de la información en la población, coarta el derecho a la pluralidad de la misma; y de esta forma también, se convierte en un simple atentado al colectivo del pueblo receptivo y una ofensa a la inteligencia de la masa poblacional.
Como si esto fuera poco, la operatividad de esta legislación vigente, pasó de largo por el gobierno de la Alianza como si nada pasase; la ineptitud de gestión de esos días no prestó atención a este factor de poder que continuaba creciendo; y si lo hizo, no se notó. Por ese entonces Duhalde, hizo otros toqueteos con la modificación de la Ley 24.522 de Concursos y Quiebras allá por el 2002. Esta Ley daba amplietud en la negociación con refinanciación de deudas de las empresas en quiebra y sus acreedores, por ende las mediáticas también se favorecieron. Por eso fue aprovechada en esos momentos por la deteriorada empresa de Dña. Ernestina de Noble; tanto fue así que a esta Ley modificada se le puso el apodo de “Ley Clarín”. Pudiendo con esta legislación, el grupo aumentar su capacidad de ensanchamiento oligopólico y peso monopólico.
Por otra parte, en esos momentos se atendieron aspectos de demandas municipales y provinciales sobre los servicios de comunicación pero resultaron ajustes tardíos que no llegaron a solucionar gran cosa, por no decir , nada. Los gobernadores e intendentes de esos momentos pueden dar fe.
Mientras tanto los tentáculos oligopólicos continuaron sus extensiones corporativas, la permisividad del ingreso del capital a la compra de medios de información sin una hábil y adecuada regulación terminó completando el cuadro del negocio y no del servicio, como debe ser en la comunicación.
Hoy en día los monopolios de medios pasaron desgraciadamente, a jugar con su accionar, el papel de un partido más en el espacio contextual de la “nueva derecha” en la argentina, como bien precisó Nicolás Casullo. Es así que la corporación del monopolio mediático complementa con excelencia el espacio faltante y desparejo del rejunte partidocrático y resto del arco social opositor al gobierno nacional. Pero lo más grave, por experiencias recientes vividas y potenciales latentes, es la afección por causa que deriva en un efecto con sintomatología perversa de golpismo, a veces encubierto, otras no tanto.
Una nueva Ley de Medios Audiovisuales está a salir desde el Ejecutivo hacia el Congreso Nacional para tratarse; un Proyecto bien aceitado hasta el momento de presentarse al legislativo y éste, con seguridad va a estar a punto. Los motivos del suspenso, la espectativa, la tardanza y el momento oportuno son variados. Por eso las presiones corporativas ejercen su fuerza, con aire de desorientación pero muy alertas, sin embargo, se tendrán que ajustar al momento político exacto que el Gobierno crea apropiado. ¡Ah! Muy importante,…y a la normativa de la digitalización que se determine en el Ejecutivo Nacional, posiblemente en el marco de un proyecto comunicacional latinoamericano, como así también, a su regulación.
Nos encontramos con que no podemos dar una respuesta concisa y rápida, aunque los motivos los podemos conocer, del porqué a 25 años de una democracia con sus bemoles y altibajos, ese escrito que hoy en día rige a la comunicación en la Argentina lleve la firma de personajes facciosos de nuestra reciente historia como Jorge R. Videla, Albano Harguindeguy y José A. Martínez de Hoz.
Esa Ley, la 22.285, que un 15 de septiembre de 1980 promulgó la última dictadura cívico-militar es un emblema de esos tiempos que hoy en día prevalece después de dos décadas y media; y que también ejerce el rol de la herramienta que fuerza a perpetuar el modelo de dominación económica y cultural que tuvo su disparador en el 76, se reforzó en los 90’ y que como si no hubiera pasado nada aún nos sujeta y fustiga en nuestros días.
Para sostener lo expresado, vemos el hecho de la búsqueda de continuidad del sistema que se dieron los poderes del stablishmen & Cia. que presionaron donde precisaron hacerlo ante dos leyes claves, como es la de Radiodifusión y la de Entidades Financieras.
Hagamos un poco de historia para acertar correctamente en la dimensión que pretendo darle a estas líneas. A poco tiempo de iniciado el gobierno de Carlos Saúl, se le hizo una modificación a esta Ley dictatorial, un cambio que ya había nacido en la intención en los últimos tiempos de Alfonsín pero que el riojano concretó. Esto es, en el Art.45 se le reemplazó el inciso (e); al efectuarse esta modificación se habilitó a las empresas editoriales-periodísticas a ser tranquilamente permisionarias de las radios y los canales de televisión. Pero éste no fue el único toqueteo, en el Art.46 también se modificaron dos incisos el (a) y el (c), los cuales indicaban que el “objeto exclusivo” de un licenciatario tenía que ser la radiodifusión y no debía haber mas de 20 individuos como integrantes de una sociedad de radiodifusión. Ahora bien ¿Porqué de la 22.285 se cambiaron únicamente parte de los citados artículos y sin tocar la Ley? Sencillamente, y la razón es obvia, se aceptaba la vigencia de la 22.285 pero presentaba obstáculos a la fluidez del sistema desde el ángulo mediático. Esto es, a poco de la reforma se dejó ver claramente que hubo un creciente y acelerado proceso de la concentración empresarial en los medios, con la fiel intención que era constituir un factor de poder y que a ojos vista no es ni más ni menos con lo que en estos momentos nos encontramos.
Luego tenemos que, como factor de poder, los medios comenzaron a reforzar el discurso único que movilizaron hacia donde les convienía que el viento soplara; cuidando de darse políticas que fueran de acompañamiento y jugando con las sensibilidades de interpretación de las clases sociales, fundamentalmente sobre nuestra maleable clase media; generando con la información factores en el colectivo poblacional que les fuera funcionales a los intereses perseguidos y como formadores de opinión se apeló a los efectos al manipuleo mediático. De esta manera, vemos cómo la concentración de la información en la población, coarta el derecho a la pluralidad de la misma; y de esta forma también, se convierte en un simple atentado al colectivo del pueblo receptivo y una ofensa a la inteligencia de la masa poblacional.
Como si esto fuera poco, la operatividad de esta legislación vigente, pasó de largo por el gobierno de la Alianza como si nada pasase; la ineptitud de gestión de esos días no prestó atención a este factor de poder que continuaba creciendo; y si lo hizo, no se notó. Por ese entonces Duhalde, hizo otros toqueteos con la modificación de la Ley 24.522 de Concursos y Quiebras allá por el 2002. Esta Ley daba amplietud en la negociación con refinanciación de deudas de las empresas en quiebra y sus acreedores, por ende las mediáticas también se favorecieron. Por eso fue aprovechada en esos momentos por la deteriorada empresa de Dña. Ernestina de Noble; tanto fue así que a esta Ley modificada se le puso el apodo de “Ley Clarín”. Pudiendo con esta legislación, el grupo aumentar su capacidad de ensanchamiento oligopólico y peso monopólico.
Por otra parte, en esos momentos se atendieron aspectos de demandas municipales y provinciales sobre los servicios de comunicación pero resultaron ajustes tardíos que no llegaron a solucionar gran cosa, por no decir , nada. Los gobernadores e intendentes de esos momentos pueden dar fe.
Mientras tanto los tentáculos oligopólicos continuaron sus extensiones corporativas, la permisividad del ingreso del capital a la compra de medios de información sin una hábil y adecuada regulación terminó completando el cuadro del negocio y no del servicio, como debe ser en la comunicación.
Hoy en día los monopolios de medios pasaron desgraciadamente, a jugar con su accionar, el papel de un partido más en el espacio contextual de la “nueva derecha” en la argentina, como bien precisó Nicolás Casullo. Es así que la corporación del monopolio mediático complementa con excelencia el espacio faltante y desparejo del rejunte partidocrático y resto del arco social opositor al gobierno nacional. Pero lo más grave, por experiencias recientes vividas y potenciales latentes, es la afección por causa que deriva en un efecto con sintomatología perversa de golpismo, a veces encubierto, otras no tanto.
Una nueva Ley de Medios Audiovisuales está a salir desde el Ejecutivo hacia el Congreso Nacional para tratarse; un Proyecto bien aceitado hasta el momento de presentarse al legislativo y éste, con seguridad va a estar a punto. Los motivos del suspenso, la espectativa, la tardanza y el momento oportuno son variados. Por eso las presiones corporativas ejercen su fuerza, con aire de desorientación pero muy alertas, sin embargo, se tendrán que ajustar al momento político exacto que el Gobierno crea apropiado. ¡Ah! Muy importante,…y a la normativa de la digitalización que se determine en el Ejecutivo Nacional, posiblemente en el marco de un proyecto comunicacional latinoamericano, como así también, a su regulación.
Por Santiago Coco Plaza
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martes 18 de noviembre de 2008
domingo 16 de noviembre de 2008
Más sobre los medios, Néstor K en el Foro Progresista en Chile

La intervención de Nestor K en el Foro Anual del Progresismo, "La Democracia en América Latina, entre desafíos y amenazas", tuvo un capítulo muy crítico hacia los medios de comunicación. Sin hacer menciones concretas, exhortó a los presentes a “no tenerle miedo a la cuestión mediática”.
“Los medios siempre les están pidiendo a los gobiernos. Siempre quieren más, no se conforman con ser un medio de expresión, quieren gobernar las sociedades. Que vayan a elecciones”, lanzó Nestor K. “Para que la democracia se consolide, no tiene que haber monopólicos informáticos”, agregó.
En su cuestionamiento a los medios, Nestor K aludió al diario La Nación, cuyo lema centenario es “tribuna de doctrina”. “Son empresas con intereses que sirven a proyectos políticos. Se dicen ‘tribuna de doctrina’ y son de doctrina neoliberal para consolidar partidos, acciones y proyectos que tienen pensamiento único y uniforme”, criticó. Sintetizó su párrafo sobre los medios con un concepto calcado del primer documento del espacio Carta Abierta. “Hoy hay formas más inteligentes que los golpes militares para destituir gobiernos”, concluyó.
Un tramo del mensaje de Kirchner en Chile fue ignorado por los medios argentinos: fue aquel en que habló de las presiones que recibe el gobierno por la introducción de nuevas tecnologías de comunicaciones. Sus actores son el Grupo Clarín, Telefónica, Telecom y los españoles de Prisa, quienes pugnan a favor y en contra del Triple Play.
Entre el 1 y el 15 de enero Telecom Italia (controlada ahora por Telefónica Internacional) podrá ejercer su opción de compra sobre la parte en Telecom Argentina del grupo Werthein, que no quiere vender. También está pendiente la elección de la tecnología para la televisión digital: Clarín quiere la norma estadounidense, de la que ya compró equipos, y Telefónica/Telefé la europea. Ni una ni otra entusiasman al gobierno. La Argentina elegiría la norma japonesa, de mejor rendimiento técnico, que profundizaría la alianza estratégica con Brasil y constituiría la respuesta más independiente al juego de presiones que mencionó Kirchner.
Fuente: Pag12, Telam
Fuente: Pag12, Telam
miércoles 12 de noviembre de 2008
Diseminar el objetivo de la nueva Ley de Medios entre el Pueblo, entre el colectivo social.
La modificación de la Ley de Radiodifusión requiere, además de los debates teóricos, la apropiación del tema por parte de los actores políticos.
Por Tina Gardella *
Desde Tucumán
Desde Tucumán
El segundo Congreso Nacional de Cultura pasó por Tucumán. El verbo puede molestar. Y está bien que moleste. Con el tiempo se podrá ver si la participación social (escasa) y el debate crítico (ausente) pudieron aportar al diseño y articulación de políticas culturales. Desde la sencillez de una perspectiva de cultura como “esos sentidos colectivos que uno produce desde cualquier hacer” (R. Williams), quienes trabajamos en problemáticas de comunicación sabemos de su valor estratégico por cuanto allí se juega la suerte de lo público y el fortalecimiento de la democracia de manera decisiva.
Por eso era dable esperar que en este Congreso Nacional de Cultura, la Ley de Radiodifusión pudiera haber sido considerada, más allá de todo el valor simbólico que expresa, como un verdadero hecho cultural. Los aportes individuales de intelectuales y funcionarios que integraban algunas de las mesas relacionadas a la comunicación no pueden constituirse, por el solo hecho de sumar voluntades, en el espacio político-cultural necesario para el tratamiento de un tema conflictivo donde está en juego nada más ni nada menos que la construcción de poder. No se trata tampoco de agrandar expectativas en escenarios acotados por su propia dinámica y objetivos propuestos. Pero hay instancias invalorables, espacios reales y simbólicos donde los sujetos se construyen desde lo colectivo, y un congreso de cultura no puede ser menos ni proponerse para menos que esto.
¿Por qué no encaja, por qué no se amplía el debate, por qué la sociedad se siente ajena al debate de una nueva ley de radiodifusión? Entre funcionarios “itinerantes” por las diferentes provincias que se esmeran en que el tema instalado no caiga, entre académicos puntillosos pidiendo conocer el proyecto del Gobierno para recién aportar su pensamiento crítico, entre voluntariosos que teorizan sobre la necesidad del cambio pero están apremiados por otras urgencias políticas, entre luchadores aún sin el suficiente peso político que dan pelea a partir de los 21 puntos y de los tercios iguales en la adjudicación de las licencias, se va haciendo camino al andar. Como si la complejidad del tema y los intereses que se tocan no amerite una estrategia que contemple algunos aspectos esenciales: la ley es una referencia. Pero es la entrada a una discusión más amplia y profunda que entra de lleno en el debate sobre el rol del Estado, la definición de los medios públicos, el rol de la sociedad civil en la constitución de los mismos.
El debate sobre la ley debe responder a una política de comunicación. Como política de Estado que excede a una ley, se trata de verdaderas estrategias que reflejen las políticas integrales de comunicación para responder a un proyecto de país.
Como toda política pública que necesita soporte institucional y organizativo, no basta con el ejercicio de poder del Estado a través de una ley. Sólo puede tener sustento y proyección si las organizaciones sociales pueden incidir y actuar dando forma y pesando en la definición de esas políticas.
La derogación de la Ley de Radiodifusión de la dictadura es un imperativo que no resiste ninguna especulación acerca de tiempos electorales, mezquindades académicas o prácticas sectoriales. Pero si la “apropiación” que han hecho del tema las organizaciones sociales con el impulso y la exigencia de los 21 puntos, no es pensado desde lo político como el ámbito que desde la conflictividad permite el surgimiento de actores políticos, poco se podrá avanzar en construir y re-construir las acciones y los símbolos que les permitan instalarse en el espacio público y político.
El segundo Congreso Nacional de Cultura no pudo ofrecer el horizonte de posibilidades latentes para este tema. Aunque como bien lo decía Ricardo Forster en una de las mesas panel, “es posible, en la escena contemporánea, huir de las simplificaciones y poder transformar los sucesos en acontecimientos, es decir, llegar a ese momento en que un colectivo social es capaz de intervenir en el espacio público en busca de alternativas vigentes”. ¿Estamos preparándonos y profesionalizándonos para ello?
* Licenciada en Comunicación Social.
Publicado en Página 12, 12nov08
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martes 11 de noviembre de 2008
El Pueblo y la Comunicación
Es necesario, antes que nada, volver a referirse al Pueblo, apelar a su movilización simbólica. Tal vez recién entonces una política popular pueda comenzara ser oída -y a hacerse escuchar.Problemas de comunicación
A la hora de pensar en los problemas de comunicación del gobierno de Cristina Fernández, suele aludirse a cierto aspecto técnico o instrumental, de equivocación en las formas o en la elección de los canales y voceros. Y aunque todo ello pueda ser cierto, no atañe en absoluto a lo esencial. El gobierno tiene serios problemas de comunicación, pero ellos apenas se relacionan con cuestiones de instrumentación o de eficacia, subsidiarias de otros asuntos verdaderamente relevantes.
Los medios
Por estos días el gobierno ha comunicado una noticia de irrefutable relevancia. Por sus consecuencias fácticas y su importancia estratégica, la eliminación de las AFJP y la reconstrucción de un sistema previsional único y estatal deberían asegurarle el recupero dela iniciativa política y de la confianza popular. Sin embargo, y aun con un consenso sustancial en favor de tales medidas, la noticia parece haber sido tomada con cierta reserva por la opinión pública (acaso por efecto de la grosera manipulación llevada a cabo una vez más por parte de la opinión publicada). De aquí una primera e insoslayable dificultad comunicacional del gobierno, que sólo puede negarse por complicidad, ingenuidad o dogmatismo: los medios masivos de comunicación ocupan de manera orgánica el lugar de la oposición política, compensando con creces la ineficacia de aquélla.
Por estos días el gobierno ha comunicado una noticia de irrefutable relevancia. Por sus consecuencias fácticas y su importancia estratégica, la eliminación de las AFJP y la reconstrucción de un sistema previsional único y estatal deberían asegurarle el recupero dela iniciativa política y de la confianza popular. Sin embargo, y aun con un consenso sustancial en favor de tales medidas, la noticia parece haber sido tomada con cierta reserva por la opinión pública (acaso por efecto de la grosera manipulación llevada a cabo una vez más por parte de la opinión publicada). De aquí una primera e insoslayable dificultad comunicacional del gobierno, que sólo puede negarse por complicidad, ingenuidad o dogmatismo: los medios masivos de comunicación ocupan de manera orgánica el lugar de la oposición política, compensando con creces la ineficacia de aquélla.
Los medios de información de mayor alcance e influencia, capaces de producir agenda y de construir opinión, se encuentran en manos de agentes que han decidido jugar decididamente en contra de las políticas gubernamentales, apelando para ello a múltiples estrategias de ocultamiento, manipulación y tratamiento asimétrico de la información. Frente al monopolio privado de la palabra pública, la necesidad de que el estado modifique la legislación vigente sobre radiodifusión parece impostergable si se tiene conciencia de que, más que sobre un gobierno en particular, la amenaza se cierne sobre la propia democracia, impensable por debajo de un umbral mínimo de pluralismo -y buena fe- en la opinión.
Los medios públicos, de influencia más limitada, no llegan a compensar tal desequilibrio comunicacional por diversas razones, entre las que se cuentan los altibajos en sus niveles de profesionalismo y la dificultad que supone el intento de transmitir mensajes alternativos a través de estéticas dominantes respecto de cuya utilización, para peor, suele carecerse de la necesaria pericia. Por otro lado, las cooptaciones y alianzas tejidas por el gobierno con algunos medios resultan cuanto menos temerarias (el caso de Infobae o C5N es paradigmático), mientras que los medios alternativos que se intenta promover adolecen también del alcance y la influencia necesarios para contrarrestar el aceitado despliegue del conglomerado mediático.
Y los discursos
Sin embargo, la cuestión relativa al desnivel desfavorable en la opinión que resulta de la actual configuración de los medios de masas en Argentina, y que podría comenzar a corregirse paulatinamente con la impostergable sanción de una nueva normativa que garantizara una efectiva pluralidad de voces, no es ni la única ni la más profunda de las dificultades comunicacionales del gobierno. En efecto, más allá de los medios están -amplificados o negados por ellos- los discursos. Suele afirmarse desde ciertas posiciones que intentan ubicarse a la izquierda del gobierno, que en variados aspectos no se ha avanzado más allá de la gestualidad o del discurso. Independientemente de la mayor o menor entidad de tales críticas, no hay razón para restar valor a las palabras y los gestos en una época en la que el discurso político se encuentra bastardeado. El intento de restituir a la política su centralidad en la organización social y económica es también una disputa semiótica. Precisamente en este aspecto, las resistencias en el universo de la recepción son inocultables, constituyendo una barrera difícil de franquear. El discurso antipolítico, que los medios construyen/retoman/reenvían a y desde la sociedad parece constituir un anticuerpo resistente y efectivo a la hora de contrarrestar las intervenciones que, desde el discurso y la acción, intentan restituir un ideario de integración social sobre cuya derrota se ha afianzado el neoliberalismo más salvaje.
Sin embargo, la cuestión relativa al desnivel desfavorable en la opinión que resulta de la actual configuración de los medios de masas en Argentina, y que podría comenzar a corregirse paulatinamente con la impostergable sanción de una nueva normativa que garantizara una efectiva pluralidad de voces, no es ni la única ni la más profunda de las dificultades comunicacionales del gobierno. En efecto, más allá de los medios están -amplificados o negados por ellos- los discursos. Suele afirmarse desde ciertas posiciones que intentan ubicarse a la izquierda del gobierno, que en variados aspectos no se ha avanzado más allá de la gestualidad o del discurso. Independientemente de la mayor o menor entidad de tales críticas, no hay razón para restar valor a las palabras y los gestos en una época en la que el discurso político se encuentra bastardeado. El intento de restituir a la política su centralidad en la organización social y económica es también una disputa semiótica. Precisamente en este aspecto, las resistencias en el universo de la recepción son inocultables, constituyendo una barrera difícil de franquear. El discurso antipolítico, que los medios construyen/retoman/reenvían a y desde la sociedad parece constituir un anticuerpo resistente y efectivo a la hora de contrarrestar las intervenciones que, desde el discurso y la acción, intentan restituir un ideario de integración social sobre cuya derrota se ha afianzado el neoliberalismo más salvaje.
Desafortunadamente, la comunicación gubernamental adolece de toda estrategia y, lo que parece peor, de todo diagnóstico acertado frente a ese estado de cosas. A la narrativa mediática, estructurada sobre la base del conflicto entre la “gente” y los “políticos”, el gobierno opone un discurso argumentativo de corte ilustrado, también destinado a la “gente”. Así, frente al núcleo duro y extenso de la antipolítica, las interpelaciones del discurso oficial despiertan adhesiones tibias y contradictorias entre los propios, y exacerbados odios militantes en los ajenos. Resultaría indispensable, entonces, pensar en otra discursividad. La “gente”, colectivo imaginado sobre el espectro de los sectores medios urbanos, sólo en segundo grado puede ser el sujeto de la interpelación de un gobierno popular. Es necesario, antes que nada, volver a referirse al Pueblo, apelar a su movilización simbólica. Tal vez recién entonces una política popular pueda comenzara ser oída -y a hacerse escuchar.
Gustavo Sanchez
Lic. en Ciencias de la Comunicación
Integrante de la Comisión de Medios Audiovisuales
en Carta Abierta
Lic. en Ciencias de la Comunicación
Integrante de la Comisión de Medios Audiovisuales
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